Un día decides que quieres echar a andar,
pero no te queda carretera.
Entonces te fijas,
no has sabido aprovechar el asfalto.
Has derrapado entre tanta arena que te ha hecho resbalar,
no has sabido rectificar,
no has sabido superar,
quisiste correr antes que andar.
pero no te queda carretera.
Entonces te fijas,
no has sabido aprovechar el asfalto.
Has derrapado entre tanta arena que te ha hecho resbalar,
no has sabido rectificar,
no has sabido superar,
quisiste correr antes que andar.
¿Dónde queremos llegar con todo esto? Un día te dicen que el tiempo es oro y lo tomas al pie de la letra. Sin ni siquiera pensar, echas a correr; te asustas, no miras atrás solo mueves los pies y pisas lo más ligero posible, lo suficiente para no caer y ganar velocidad, pero un día ese paso ligero pasará factura. Donde antes había asfalto ahora solo hay restos de tierra, arena resbaladiza, que no te preocupas de mirar, y eso te hará caer, caer muy alto, porque aunque no te dieses cuenta, estabas cruzando un camino, de esos que te marcan.
Entonces comienzas a caer. Sientes un vacío infinito bajo tus pies, igual que esos sueños en los que te despiertas sobresaltado. Ahora miras a tu alrededor y vuelves a hacerlo, vuelves a ti mismo, comienzas a pensar de nuevo, dónde estabas, qué ha pasado. No sé si sería realidad, pero esta no era tu realidad. Te empeñaste en luchar y correr con tantas ansias, que ya no recuerdas dónde estaba la meta, ni siquiera si merecía la pena llegar hasta allí. Solo sabes que un día te dijeron que luchases por lo que querías y que no parases hasta conseguirlo, que cada segundo que pasaba era una oportunidad perdida y que los trenes solo pasan una vez.
Pero, ¿has observado lo bonitos que son los andenes? En los que te das cuenta de lo que tienes y de lo que has dejado atrás, mientras esperas que llegue el momento de irte a alguna parte a empezar de nuevo o continuar, para seguir escribiendo una historia, esa tan importante a la que llaman vida, tu vida. Y entonces cuando el tren se para, tomas la determinación. No recorres las vías a pie para intentar que llegue antes, solo esperas a que llegue el momento adecuado, y cuando llega, simplemente lo sabes. Y todo empieza cuando te subes, despacio y con calma, miras el recorrido que te queda por delante y te sientas. El asistente entonces te pide el billete con una sonrisa, como si supiera que ese viaje es el definitivo, el tuyo, y entonces se va. Justo en ese preciso momento, cuando sientes el movimiento en tu cuerpo, sabes que esta vez lo has hecho bien.
Comienzas a disfrutar las vistas, sus bonitos paisajes y aunque de vez en cuando se cruce algún túnel, sabes que siempre hay salida y que ese viaje, es el tuyo y que si no lo disfrutas, nadie lo hará por ti. Y cuando respiras hondo durante unos segundos, el tiempo se detiene ante tus ojos, aprecias todo lo recorrido hasta entonces, cada momento vivido, que son los que al final te acabaran marcando en lo que eres y serás, A.
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